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domingo, 22 de mayo de 2016

CUENTO DEL VIEJO DIOS

Cuando Dios creó el mundo dejó un día muerto para los niños,
sus voces estridentes desde un palmo de tierra
sin cobijo bajo sus sábanas.
El viejo Dios lo sabía pero tomaba licores y comía bombones
y no escuchaba el llanto de los niños
porque los niños estaban encerrados en el octavo día: dentro del día que no existieron.
¿Y cómo sus bocas podían saberlo?
¿Cómo sus bocas podían llamarle si no le conocían?
Sin embargo Dios podía escucharlos
pero no podía oír lo que decían porque el octavo día
estaba roto y muerto en la playa,
en una playa de un planeta olvidado bajo un sol muy enfermo.
El viejo Dios nos seguía mirando con sus ojos de plata desde su ventana azul
"¿Dónde te encuentras, Dios?" le decían los niños con su voz de estropajo.
"¿Qué será ese murmullo?" se preguntaba Dios "Viene debajo de la piel de las olas."
El viejo Dios volvía su cabeza y bajo el sol azul miré su nuca blanca.
Nunca pensó que yo le recordaba de cuando mojó las yemas de sus dedos
                                                     para librarme de la sed del infierno.)
Nunca pensó que yo le recordaba de cuando ató mi nombre y lo arrojó a la hoguera.
Nunca pensó que yo le recordaba del tiempo de las mazas y las cadenas.
Volvió su nuca y olí el perfume de sus bombones,
sentía cómo el chocolate se deshacía entre sus muelas bañadas de licor.
Entonces descargué el golpe mortal y la voz de los niños se hizo más amplia,
y la voz de los niños trepó hasta las ventanas y en cada cima pronunciaban mi nombre:
"Culpable".
Pero yo todo lo hice por ver de nuevo color en sus mejillas.

Gimió el anciano Dios herido,
con su mano tendida me regaló su muerte
y los niños sonreían felices entre sus babas de caramelo,
brincaban y sudaban desde el piso más alto.
Yo también sonreía a los niños y no dejé de hacerlo cuando velaron su cadáver,
cuando peinaron sus cabellos y untaron lágrimas de aceite entre sus sienes.
Entonces el más pequeño de ellos
--un niño rubio con ojos de esmeralda--
me dio bombones y un vaso de licor
y me dijo que jamás me preocupase ni que llorase
y que tenía que ser fuerte porque era Dios.
Y yo sentí la dulzura en mi mano derecha y el calor en mi mano izquierda
y comprendí que conversaba con el demonio
y comprendí que todos aquellos ojos eran las voces no escuchadas de Dios,
todos aquellos ojos que lloraban hundidos en la cara de los niños,
me dormí rodeado de ángeles
y cuando desperté Dios me miraba desde su cielo, me saludaba con su vaso
y mojaba por mi con saliva sus manos.


Del poemario "El final de los tiempos", escrito en 1999.

7 comentarios:

  1. En ocaciones es muy dificil distinguir a los ángeles de los demonios. Me gutsa, me recuerda a los poémas épicos pero pasado por un tamíz existencial.

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  2. MUY BUENAS ÉPOCAS HE VIVIDO, REALMENTE HE SIDO FELIZ. ES MÁS DE LO QUE PUEDE DECIR MUCHA GENTE.

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